
Me he referido ya al gran Carlo María Giulini como intérprete de la música de Johannes Brahms. En anteriores entregas pueden encontrar la Primera Sinfonía con los Wiener Philharmoniker y la Cuarta con la Chicago Symphony, ambas excelentes versiones de tales monumentos sinfónicos.
En esta ocasión es el turno de las sinfonías intermedias, la número 2 en re mayor op. 73 y la número 3 en fa mayor op. 90; del ciclo con laFilarmónica de Viena que grabó el maestro italiano hacia el final de su carrera.
Los tempos lentos, usuales en Giulini, son la característica de estas interpretaciones, pero también lo es la profundidad y detallismo en la exposición de la música, de un modo que causa en el oyente una total compenetración con el mensaje sonoro brahmsiano. No se trata sólo de que Giulini "vaya lento" (en cuyo caso podríamos compararlo con Celibidache cuando abordó el mismo repertorio), sino que es su particular estilo de resaltar los contracantos, abrir las melodías a todo su esplendor y belleza, así como darnos todos los detalles, lo que se impone. En ningún momento se pierde el interés ante tal impacto sonoro que consigue el director con esa maravillosa orquesta.

Para la Segunda Sinfonía de Brahms el estilo de Giulini es más que adecuado, sin tomarse prisas y mostrándonos con absoluta claridad el complejo entramado que existe en el primer movimiento, que sólo aparentemente es simple y "bonito". Tal vez para el Finale estaría mejor acelerar a la orquesta (como Karajan), pero en lugar de algún desborde, tenemos una brillantez controlada, con la alegría de este final mostrada con elegancia.

La única palabra que se puede utilizar para la interpretación de Giulini de la Sinfonía en fa mayor es... Poesía. La música es bordada por el director, con una belleza en grado sumo que nos ofrece una Filarmónica de Viena en estado de gracia. Atención con ese inicio del segundo movimiento... pocas veces unas maderas han sonado así, pocas veces estos temas brahmsianos han sido tan bellamente "cantados". El famoso Poco Allegretto (tan maltratado, tan venido a menos por el abuso del que ha sido objeto en arreglos y desarreglos, además de interpretaciones vacías) adquiere aquí todo su profundo significado por medio de ese lirismo nostálgico tan particular de Brahms. Uno casi puede sentirse transportado durante la mayor parte de esta obra... hasta que Giulini nos enfrenta a todo el poder desatado en el movimiento final. Escuchen esos metales oscuros y ominosos, esas cuerdas desenfrenadas, esas maderas casi chirriantes. Y de nuevo al final... poesía, poesía pura que nos regaló Brahms en un final tan inesperado y mágico para una sinfonía del romanticismo y que Giulini nos ofrece en tan conmovedora forma.
Disfruten:
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